El le caía bien a todos mis sentidos, salvo cuando la mujer era el tema de hablar. Cuando su confesión lastimó mis oídos, me dije ¡no lo escuches!, no te ahogues en su mar.
Yo abrí de par en par las puertas de mi alma y dejé que saliera mi secreto peor, disimulando lo triste y conservando la calma le dije aunque no creas, estoy buscando amor.
Nos rendimos los dos a fingir como tontos que yo era su mujer y que el era mi hombre. Pero al cabo de un tiempo yo no quería ser su esposa, el quiso volver a ser el hombre infiel.
Ahora el está feliz, volvió con la idiota, yo recorro las calles buscando otro hombre. Y aprendí que mentirse tiene patas muy cortas, que siempre
la costumbre va a matar al placer
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