20 de diciembre de 2009

Poker-face

Eso lo caracterizaba eternamente: su orgullo. Se amaba a sí mismo más que a otros, más que a su perro, a su madre, a mí, a nadie. Se amaba como no había amado a nadie en el mundo y por lo que sé, sigue piropeándose fervientemente. Y yo simplemente supongo que está bien, es decir, recorrió límites insospechados; pero ha de ser divertido amarse a si mismo. Esa devoción permanente hacia sí mismo hace que no haya lugar en sus prioridades ni en su mente ni en sus ganas para otra persona (ni nombro al corazón porque todavía no estoy segura de que posea uno: dato a confirmar).

No hay comentarios: